El negocio del sol revoluciona Logrosán
Es lo que tiene ser Vigilantes de SeguridadHace cuatro o cinco meses, en Logrosán era fácil alquilar un piso de 90 metros cuadrados por unos 200 euros al mes. Hoy costaría 450. Costaría, en condicional, porque no hay una casa libre. Perdón, precisión obliga: Juan Manuel Alberca, concejal de Deportes, abandona el despacho de la alcaldesa un minuto, vuelve con la lista de viviendas disponibles que tiene el Ayuntamiento y matiza que todavía queda una por alquilar. Es una casa que a estas alturas de la historia seguramente tendría ya inquilinos si no fuera porque está sin amueblar.
Logrosán (2.094 habitantes) vive sus horas más felices. El pueblo a cuya puerta llamaron las televisiones de media España en febrero, tras el asesinato del empresario Alfonso Triguero (están en prisión provisional su esposa y su hijo), sonríe. Sonríe la alcaldesa, sonríe el edil de Deportes, y el de Obras. Y sonríe Mari Luz, la de Muebles Perdigón. Y sonríe Antonio Gil, el del hostal Los Rosales. Y se ve contento a Ángel Lirio, el del complejo rural El Prado.
A las tres de la tarde de un día laborable, en su comedor -estupendo menú por nueve euros- hay una buena entrada. A las cuatro está vacío. Cinco minutos antes se levantó uno de los últimos clientes, un tipo joven, treintañero probablemente, moreno como si llevara desde mayo tumbado a la solanera, y que enfila el camino de la calle con el chaleco antireflectante puesto. No hace falta preguntarle dónde va. En este punto del mapa extremeño, cualquiera apostaría doble contra sencillo a que el chico trabaja «en las placas».
«Las placas» es como llaman en la zona a Solaben 2 y Solaben 3, las centrales termosolares que la multinacional sevillana Abengoa está construyendo en Logrosán, en alianza con el grupo japonés Itochu Corporation (aporta el 30 por ciento, y el 70 la española) y con una inveresión total de 500 millones de euros. Cada una de ellas tendrá la potencia máxima permitida por ley: 50 megavatios, o lo que es lo mismo, capacidad para abastecer de energía a unos 52.000 hogares entre las dos. Cuando sean una realidad, Logrosán figurará en el podio mundial de las plantas termosolares, pero para eso habrá que esperar. En verano del próximo año, si se cumplen las previsiones, comenzará a funcionar una de las dos, la que empezó a construirse en mayo de 2009, y también dentro de un año estará en su última fase la segunda y levantándose una tercera que aún no ha empezado.
Lo que hay a día de hoy está lejos de esa llamativa imagen de una sucesión casi infinita de placas solares perfectamente alineadas, nutriéndose del sol. Lo que hay a día de hoy en ese lugar en mitad del campo, a unos catorce kilómetros del municipio, es un espacio de actividad frenética pero rodeado de secretismo. Aquí, el que tire una foto se la juega. Bien lo saben los trabajadores, que son en torno a un millar y le han dado la vuelta al pueblo.
Los letreros de 'Se alquila' han desaparecido de los balcones; encofradores, guardas de campo, vigilantes de seguridad, carretilleros y oficiales de tercera han abandonado la cola del paro; tres empresas de maquinaria, una de recogida de residuos sólidos y varias de materiales de construcción han aumentado su facturación; y negocios de todo tipo le han dado una alegría a sus cajas. Donde antes había un hostal que se llenaba sólo por la Hispanidad -cuando cientos de peregrinos a caballo se dirigen hasta Guadalupe-, ahora hay habitaciones llenas.
Lo certifica Antonio Gil, del hostal Los Rosales, al que «la gente de las placas» le ha cambiado incluso la hora a la que le suena el despertador cada mañana. «Ahora, por el calor, empiezan con el turno a las siete de la mañana, así que a las seis y cuarto o así tiene que estar listo el desayuno», explica el joven, que reconoce tener el hostal «prácticamente lleno, al noventa y pico por ciento». Y eso no es asunto baladí: veinte habitaciones a entre 30 y 35 euros diarios (según se contrate media pensión o pensión completa), reservadas por semanas... Desde luego, algo fuera de lo común para este negocio fundado a mediados de los años ochenta, situado junto a la rotonda de la carretera a Cañamero, a un paso de la ruta que siguen a diario todos los que trabajan en las termosolares.
Ese camino incluye doce kilómetros por una carretera comarcal estrecha, repleta de baches y con varias curvas peligrosas, que comunica el pueblo con la EX-116 (la que lleva hasta Villanueva de La Serena). Al llegar ahí hay una raqueta, y de frente surge otro mundo: una vía perfectamente asfaltada, ancha, de unos dos kilómetros. Es la carretera de las plantas, que a las dos y media de la tarde tiene un tráfico sorprendente. Debe haber en Extremadura pocas carreteras tan cortas y con tanto trasiego. Coches, furgonetas, camiones de todos los tamaños...
Una pequeña ciudad
Poco antes de terminar el asfalto aparece a la izquierda el cartel indicativo de las obras, por encima de un depósito de agua generoso. Detrás hay una caseta pequeña. Es la entrada, que incluye tornos como los de los campos de fútbol, para que vayan fichando los empleados. Un poco más adelante empiezan a aparecer los carteles de prohibido el paso, que es el saludo que recibe el visitante al llegar al punto neurálgico, el eje sobre el que pivota mucho de lo bueno que está pasando en Logrosán. Se comprende que la localidad ande revolucionada, porque una vez coronada la cuesta y justo después de las señales que invitan a dar la vuelta a todo el personal ajeno a la obra, lo que aparece es casi como una ciudad, con un aparcamiento enorme.
Estamos en un lugar efervescente, repleto de cascos, monos azules y chalecos de seguridad, grupos de obreros que van hacia un sitio, otros en dirección contraria, coches que entran, coches que salen, camiones, grúas... Todo ese paisaje en mitad de la nada genera una sensación extraña. Es como circular por una carretera limitada a cincuenta kilómetros por hora y encontrarse de improviso una recta en la que se puede ir a doscientos. Como un McDonalds en un mercadillo semanal o una discoteca after hour en una convención de bibliotecarios.
De ese jolgorio laboral viven un millar de personas, más de un centenar de ellas vecinos de Logrosán a los que las plantas han rescatado del paro y que ahora ganan, entre el salario del convenio, bonificaciones por producción y horas extraordinarias, unos 1.500 euros al mes. «Hace medio año, en la bolsa de empleo teníamos unas 250 personas, y ahora quedan cien», ilustra Isabel Villa, alcaldesa, diputada provincial y antes que eso, emprearia de éxito. Ella misma tiene su casa rural alquilada a trabajadores de Solaben 2 y Solaben 3. «Hemos conseguido un nivel de paro en el municipio yo diría que bastante aceptable», valora la alcaldesa, que tiene una cuota de protagonismo importante en este éxito.
5,2 millones de euros
La cuestión es fácil de entender. Hay quien asegura que con la ley y el mercado en la mano, a Abengoa le habría costado más de veinte millones de euros levantar sus dos plantas solares. Sin embargo, va a pagar al Ayuntamiento 5,3 millones de euros. Eso más otro tipo de aportaciones que no vienen en forma de billetes.
De entrada, parte de la cantidad se paga en terrenos, y el dinero no se suelta de una tacada, sino en pagos fraccionados. Hasta ahora, el Consistorio de Logrosán ha ingresado en torno a medio millón de euros, que le han servido, entre otras cosas, para comprar terrenos en los que construir viviendas, más suelo en la antigua mina La Constanaza y también en el mercadillo, además del cine Palacio. Casualidad o no, Logrosán tiene ya hasta periódico propio, municipal claro está, y que este mes ha puesto en la calle su número uno. «Este pueblo estaba muy abandonado -asegura Isabel Villa-, y el dinero nos ha valido para hacer reformas integrales en varios edificios públicos, como el Ayuntamiento, la escuela hogar y la residencia de mayores». «Todas esas obras -apunta Antonio Madroñero, concejal de Obras y Equipamiento- han hecho que se contrate a gente que estaba en la bolsa municipal de empleo, de diez a quince personas al mes».
Hay que tener en cuenta, además, que llega efectivo a las arcas municipales por varias vías: el ICIO (Impuesto sobre Construcciones, Instalaciones y Obras), el canon de la ley del suelo o el Impuesto de Bienes Inmuebles de Naturaleza Especial). Además de todo esto, se pactó que Abengoa financiara cursos de formació para vecinos del pueblo (pagó uno de guarda de campo y otro de vigilante de seguridad) y que las empresas debían recurrir a la bolsa de empleo municipal a la hora de nutrirse de trabajadores. La prioridad son los del pueblo, y tras ellos, gente de la zona. De hecho, las plantas emplean a vecinos de municipios cercanos, como Guadalupe, Zorita, Cañamero, Obando o Navalvillar de Pela. Algunos de esos ayuntamientos, de hecho, crearon bolsas de empleo para nutrir de mano de obra a las plantas.
«Pregunta en el hotel Don Juan, en Pela (Navalvillar de Pela), que a la hora de la comida está todos los días lleno de gente de las placas», invita Ángel Lirio, que está al frente del complejo rural El Prado, en la carretera a Cañamero. Tiene seis chozos, una casa con cinco habitaciones y varios apartamentos, y hace tiempo que colgó el cartel de completo en todas. Además, él le ha echado imaginación al asunto y se inventó 'El jueves social'. «Los jueves por la noche -cuenta-, invito a pinchos por cada consumición: sardinas a la brasa, carne... Y traigo conciertos, monólogos... Se juntan más de 200 personas, casi todo gente de las placas».
Y no es, ni mucho menos, el único que ha visto mejorar su negocio. «Hemos montado muchos pisos», reconoce Mari Luz Perdigón, de Muebles Perdigón. «Salones, dormitorios, casas reformadas... -amplía la joven-. La mayoría en Logrosán, pero también en Zorita, Cañamero, Guadalupe, Madrigalejo y algo en Zorita. Aquí se están alquilando pisos que no se habían alquilado en años». Y todo por el negocio del sol, que en Logrosán se nota hasta en la parcela deportiva. El equipo de fútbol local va a fichar al portero del Navalvillar de Pela, que cambia de camiseta por razones laborales. Adivine dónde trabaja.




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